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viernes, 29 de enero de 2010

Mala hierba nunca muere


Elizabeth salió del camarote que había utilizado durante todo el viaje hasta las Islas: el de su padre. Había conseguido hacer hueco en los armarios y tocadores para su propia ropa dejando la de su padre tal cual estaba. Lo había colocado todo como él solía hacerlo, camisas a un lado, después los pantalones, botas… Y gorros. Oh Dios, sus gorros. Beth amaba cada uno de ellos. Y ¿por qué tenía que guardarse ese deleite por ellos? Ese día se atrevió a agarrar uno y con una tremenda fuerza lo colocó sobre su cabeza. Ni siquiera se miró al espejo antes de salir.

Cuando llegó a cubierta sintió varias miradas sobre ella, pero decidió ignorar a aquellos que le prestaban atención, por si acaso. No quería causar problemas a nadie, tenía que dar ejemplo a los demás… Elizabeth se centró en el hombre que había causado la mayor parte de problemas durante la última semana. Cerys se había peleado con la mitad de los hombres de Dream... Otra vez. Con sus casi dos metros de altura, su piel dorada, sus brazos y espalda musculosa, Cerys había conseguido que algunos hombres de su compañera quedasen postrados en una cama. También era cierto, que cuando se enfrentó con un hombre casi tan duro como él, Cerys tuvo que rendirse. Por primera vez en los seis años que llevaba junto a ese hombre lo había visto agachar la cabeza ante alguien, y maldición sino se alegraba.

Al pasar por su lado, su capitana le palmeó el brazo y éste le sonrió con complicidad. Hacía muchos años que vivían juntos y él siempre la había ayudado en sus más duros días en los que no era capaz de levantar una espada. Cerys fue, es y sería roca. Ella había sido simple mantequilla, ahora era… un poquito más dura.

—Cerys –lo llamó antes de bajar por las escaleras.
—Capitana.
—¿Dónde está Noghi?
—Se ha ido con Cortés. No me preguntes a donde, Eli, no tengo ni idea, pero dijeron que era una orden directa. Hará unos quince minutos también se fue la española –dijo, con su acento escocés—. Creo que han ido a por…
—Los materiales y el dinero –finalizó Elizabeth por él. El hombre asintió con la cabeza—. Gracias, ¿te han dicho cuándo volverán?
—Al anochecer. Cortés me dijo que los hombres que nos ayudarían vivían a las afueras de la ciudad, y ya sabes que… bueno, no tenemos medios para desplazarnos…
—Sí, tranquilo. Está bien. Me voy por unas horas, dile a Ian…
—No, el irlandés está fuera también.
—¡Joder! Maldición, quedas al cargo entonces –dijo, gruñendo. Mataría a Ian por ni siquiera avisarla de que se iba—. Nada de golpes, Cerys. Si llego y veo a algún hombres con un ojo morado o un brazo roto, te tiraré por la borda y te quedarás aquí, ¿me oyes?
—Yo lo ayudaré, capitana –gritó alguien desde el mástil central.

Cerys gruñó. Elizabeth sonrió. Jaime rió. Era él el que se había peleado hacía unos días con el gran muro de roca y el que lo había obligado a agachar la cabeza.

—Como queráis, pero estáis avisados.

Esas fueron las últimas palabras que dijo la joven pelirroja antes de, por fin, bajar las escaleras y pisar el suelo firme de las Islas Canarias. Tierra española, gritó su interior deseando poder dar brincos. Sin embargo, la razón la obligó a caminar como una señorita… O pirata. Pero como una mujer de veinte años con una fama sanguinaria. ¿Qué pensarían sus enemigos, si acaso la estaban viendo, si se ponía a dar brincos de alegría? “Por el amor de Dios, ¿para qué tienes tu camarote?” le dijo una voz interior, que la obligó a sonreír.

Saltaría en su camarote. En el de su padre. Como hacía cuando tenía cuatro años.

Había buscado a su compañera con la mirada pero no la había encontrado. Coño, ese día sí que se había dado prisa. Para lo que quería era rápida como el viento... Pero para lo que no... En fin. Ella le había cogido cariño tal y como era. Le hacía los días y las noches amenas en La Perla y, aunque no lo dijera, la muy perra se había ganado un pequeño trozo dentro de su corazón.

Durante la siguiente hora, Elizabeth se perdió por las calles de Tenerife sonriendo a las gitanas que vendían flores y bailaban por las calles. La última vez que habían estado allí no recordaba que los gitanos hubiesen invadido esas tierras, pero al parecer, hasta allí habían llegado. Y las calles estaban repletas de ellos. Elizabeth se deleitaba con los hombres y reía y se divertía con las mujeres. Algunas se habían empeñado a leerle la mano, pero cortésmente ella había negado y se había ido tan pronto como había podido. No le gustaba tentar al destino y eso le parecía una manera muy cantosa de hacerlo. A medida que los minutos corrían, la boca de la mitad escocesa y mitad mujer española se secaba a pasos agigantados.

Giró en la primera calle en la que escuchó gritos y risas. Una taberna. Pero alguien la agarró del brazo antes de pudiera emprender el camino hasta la misma. Volteó con la frente arrugada, dispuesta a cortar cabezas.

—Buen día –dijo uno de los gitanos a los que había sonreído—. Me he quedado prendado de vuestro cabello, mi bella escocesa –la halagó el hombre dándole una rosa roja.

Elizabeth se quedó petrificada unos segundos antes de sonreír de medio lado y aceptar tanto los cumplidos como la rosa.

—¿Cómo sabes que soy escocesa?
—¿No sois la legendaria Bloody, mi señora?

La mujer se deleitó con el olor puro de la flor. Se quitó el sombrero y dejó que sus mechones de color fuego cayeran sobre su espalda, quedando libres para enredar allí la flor roja que contrastaba tan bien con su melena. Después se centró en el joven que sonreía complacido.

—Depende de quién pregunte por ello –contestó girándose y empezando a caminar.
—¡José Montoya! –Gritó el gitano por encima del cántico de unos hombres que acababan de salir de la taberna—. Dígame que volveré a verla –insistió él.
—¡Quizás, José, quizás! –respondió antes de apartar a los hombres borrachos y perderse en la oscuridad de la taberna.

La vieja taberna olía a whisky y cerveza que podría acabar hasta con el más adicto al alcohol de toda España. Elizabeth paseó la mirada por la estancia reconociendo a varias prostitutas haciendo su trabajo, gran cantidad de hombres jugando a las cartas y fumando puros –también bebiendo—, y otros muchos hablando, gritando e intercambiando opiniones. A la escocesa no le pasó desapercibida la sombra del final de la taberna. Un hombre corpulento, grande a juzgar por su postura… Una que le parecía familiar.

Tras intentar, por varios minutos, identificar a aquel hombre fue hasta uno de los taburetes de la barra y pidió un whisky. El camarero la miró con la ceja alzada. ¿Es que no la conocía o la conocía demasiado bien? Después, sin que ella se diera cuenta, lanzó una mirada perspicaz hacía la esquina del hombre. “Habrá problemas” se dijo, antes de desaparecer a por el rifle.

La joven le dio un trago largo a su bebida girándose lo justo para ver que la puerta se entreabría y entraban varias mujeres, vestidas con escasos trapos. Una de ellas soltó una risilla después de mirar hacia el hombre de la esquina.
Asquerosas fulanas.

Se giró y continuó bebiendo. El whisky era ambrosia de dioses para su boca. Lo echaba tanto de menos… Y encima Ian no le dejaba beberlo. Maldito irlandés, con eso de que tenía que ser una dama. ¡Ella nunca sería una señorita de la nobleza como él había pretendido en muchas ocasiones! Ella siempre sería una pirata. Aquello para lo que había nacido. Apretó con fuerza el vaso y le dio un trago largo al whisky, dejando que cayera pesadamente sobre la barra de madera.

—No cambiarías ni aunque pasase toda una eternidad, escocesa.

Una voz ronca llegó hasta los oídos de Elizabeth. Una voz que no podría olvidar nunca. Una voz que le erizó el bello de la nuca y hasta los pezones se le endurecieron gracias a los recuerdos.






—Jódete inglés –gruñó, consciente de que eso iba a dolerle.
—No soy…
—Sí, sí, ahora me contarás toda la historia del orgulloso escocés que se fue de Inglaterra, que solo eres inglés de sangre… Lárgate de aquí que me espantas a los buenos hombres españoles, Ramsey –le dijo, girándose en el taburete para contemplarlo con ojos asesinos.

Hacía años que no lo veía. Casi dos. No había cambiado nada. Quizás estaba un poco más moreno que la última vez. Oh, aquella última vez… ¿Cómo podría olvidarla? Era imposible. Elizabeth estaba segura que nunca conseguiría borrar de su mente los brazos musculosos de ese hombre mientras la agarraban con fuerza e intentaba penetrarla con toda sus fuerzas.

Ramsey Lawrence era tan alto que llenaba casi todo su espacio impidiéndole ver más allá de él. Tremendamente corpulento, con hombros muy anchos y músculos ondulantes, llevaba envuelto a su cintura un auténtico kilt escocés, lucía relucientes brazaletes metálicos alrededor de las muñecas, y calzaba botas de cuero negro. Llevaba una camisa blanca, pero Elizabeth sabía que debajo de la misma había un enorme tatuaje en una lengua que ella no conocía a la perfección por lo que nunca había podido descifrar las palabras, esa lengua era el gaélico. No era exactamente un tatuaje –si recordaba bien—, unas marcas de hierro caliente que había hecho imprimar en su piel. Unas marcas imborrables. La mujer también recordaba una gruesa senda de pelos castaños nacidos en sus abdominales justo encima del ombligo para ir desapareciendo debajo del kilt.

Elizabeth tragó saliva y no pudo evitar bajar la mirada a esa zona hinchada en esos momentos. Oh, Dios, ¿estaba excitado? Su mirada se quedó allí unos momentos, abrió los ojos un poco más. Luego tragó aire con una brusca inspiración y consiguió apartar la mirada. Acababa de comerle el pene con los ojos. Un rubor cubrió sus mejillas. Se obligó a subir la mirada hacia su rostro.

Era tan pecaminosamente bonito como el resto de su persona. Tenía los rasgos orgullosos y como tallados a cincel de un guerrero celta, mandíbula y pómulos firmes, una nariz aristocrática arrogantemente dilatada en las aletas, y una boca tan sexy y besable que los labios de Elizabeth se apretaron instintivamente para dejar que se entreabrieran levemente recordando el tacto de los mismos y su lengua. Una rica mezcla. Elizabeth se humedeció los labios antes de respirar profundamente, otra vez. El oscuro principio de barba que cubría aquella firme mandíbula esculpida hacía que sus firmes labios sonrosados parecieran todavía más sensuales entre toda aquella áspera masculinidad. Su pelo dorado le llegaba a la altura de los hombros. Por la zona de adelante, llevaba la melena recogida en finas trencitas, y relucientes cuentas metálicas ceñían sus puntas. Sus ojos eran azules grisáceos, su piel terciopelo dorado, marcado en algunas partes por grandes cicatrices de espadas.

—¿Has acabado?
—¿Qué? –alzó la cabeza de repente para fijar su mirada en la suya. Sonreía su puro ego masculino—. Maldito bastardo, no estaba mirándote.
—Oh claro, bueno, de todas maneras te ruego que no vuelvas a mirarme así.
—¿Cómo te estoy mirando?
—Como si quisieras volver a usar tu lengua sobre mi persona –dijo él a tiempo que se mordía el labio inferior y le dirigía una sonrisa diabólica.
—Ni en tus mejores sueños, inglés –gruñó girándose hacia su vaso.
—Oh sí, pequeña perra escocesa –susurró pegándose a su espalda, haciendo que sintiera su duro miembro contra la curva de su espalda. Caliente y palpitante—. En mis sueños no hay lugar que tu lengua no explore.

Le apartó el espeso cabello pelirrojo dejando su cuello libre, el que mordió y empezaba a subir lentamente incapaz de detenerse. Llevaba dos años buscándola más allá de lo imposible, donde el mar se acababa y ahora que la encontraba… Oh, Dios, no había cambiado nada. Su escocesa seguía siendo la misma, salvo por dos años más. Había llegado ya al pequeño lóbulo de su oreja cuando sintió como algo impactaba contra su cabeza. Alzó la cabeza y ésta empezó a darle vueltas.

Elizabeth aprovechó ese momento para dejar varias monedas encima de la barra y salir corriendo de allí. Le dejó propina al hombre por el vaso roto.

Ramsey soltó un gruñido y como pudo salió a la calle, repleta en esos momentos de gitanos. Maldijo en todas las lenguas que conocía buscándola. Se las pagaría. La muy zorra le había estampado un vaso en la cabeza… Oh, por el mismísimo que acabaría por pedirle perdón. Estaba dispuesto a darse por vencido cuando vio una masa pelirroja ondearse al ritmo del aire. Rió fuertemente y apartando a la gente, casi a empujones, corrió tras ella.