CLICK HERE FOR BLOGGER TEMPLATES AND MYSPACE LAYOUTS »

miércoles, 3 de febrero de 2010

El encuentro

La noche caía en las islas. Las estrellas brillaban en lo alto del firmamento, la luna llena iluminaba la que de otra manera sería una noche oscura y siniestra. Dream se agazapó tras unos arbustos y contempló la mansión que se cernía frente a ella. Había enviado a Nogue y a Cortés para conseguir dinero, sabiendo que lo que conseguirían no serviría ni para pagar un tablón de madera. Dream sabía lo que debía hacer. Había estado allí muchas veces, observando la hermosa construcción. Sin embargo, nunca había robado nada. Dream hizo una mueca. Nada que no fuese comida, y de la buena. Y así, en una de sus varias incursiones, había descubierto un cofre lleno de oro, en el sótano de la mansión. Se había sentido tentada de cogerlo, pero no había podido. Sin embargo…tras todos los desastres que le habían ocurrido a ella y su tripulación, no veía otra alternativa. Además, siempre era ella la honrada y al final acababa siendo la escaldada. Se escurrió entre los matorrales y entró por una ventana que estaba sin echar el pestillo. Para bajar al sótano, se tenía que entrar desde las cocinas, por eso Dream sabía que tenía que ser cuidadosa. Aunque generalmente, en esas fechas, la casa estaba vacía. Su dueño estaba demasiado ocupado tomando el té en salones de ricos nobles. Al pensar en él, Dream frunció el ceño. Hacía cuatro años que no le veía, y el pulso se le aceleraba cada vez que se acordaba de la última vez que le había visto. Estaba semidesnudo, altivo, arrogante, como alguien a quien no le faltaba de nada. Tendría unos diez años más que ella y, sin embargo, seguía sin casarse. Dream se maldijo por pensar en esas cosas. Él era condenadamente atractivo, incluso ella, que no se sentía atraída por muchos, que digamos, se había sentido tentada de tocarle una vez que le había visto tumbado en una hamaca, dormido. Pero había reprimido ese deseo y se había ido con el pollo y el pan debajo del brazo, sin arriesgarse. La última vez que Dream había estado allí, él la había visto. La había mirado intensamente, con esos ojos oscuros, amenazadores. Luego había sonreído y había alzado la copa, por ella.

Dream apretó la mandíbula y se tranquilizó. No serviría de nada odiarle. Al fin y al cabo, sería él quien le proporcionaría el dinero necesario para poder reparar La Perla. Entró suavemente por la ventana y, una vez más, se quedó ensimismada mirando la preciosa estancia. El hall era inmenso, la forma de las cúpulas, las escaleras que daban para las habitaciones…donde él estaría durmiendo si se encontrara allí… Dream sacudió la cabeza y se dirigió a las cocinas. Desde allí abrió la portilla del sótano y, en el mismo lugar, encontró el cofre lleno de dinero. Dream suspiró del alivio. No sería muy complicado sacarlo de allí…pero antes tenía que mirar algo. Salió del sótano y, sin poder evitarlo, subió las enormes y majestuosas escaleras que daban a la primera planta.

El primer día que había entrado en esa mansión, Dream había sentido algo, notado un sentimiento…de nostalgia, recuerdo quizás. Seguía experimentándolo cada vez que entraba en la mansión, pero nunca se había atrevido a subir las escaleras. Mientras avanzaba escalón a escalón, escuchaba risas de niños, murmullos y sonidos de pisadas lejanas…como si algo en su memoria quisiera estallar pero no fuera capaz.



Adrián González de la Torre, conde de Fuenclara, supo que estaba allí. Llevaba años esperándola, desde la última vez que la pudo ver. Siempre la había observado robar su comida, fisgonear en su casa…pero hasta ese día no se había atrevido a hacerle saber a ella que sabía de su existencia. Y desde ese día no la había vuelto a ver. En cuatro largos años. Era toda una pilluela y, sin embargo, a Adrián se le tensaba el cuerpo con sólo oler su fragancia, ver cómo se movía… La mujer entró en su habitación, la cual estaba a oscuras. Quería sorprenderla. Quería que ya no se le escapara. Al menos no esa noche. La luz de la luna entraba por las ventanas, y pudo ver la silueta de la mujer. Se llamaba Dream, o así se hacía llamar. Era capitana de un barco y sus hombres la respetaban y la querían con una lealtad que rayaba en la absoluta devoción. No era alta, pero tampoco bajita, vestía ropas de hombre, pantalones ajustados, camisas anchas y chalecos entallados. Tenía mal carácter y desafiaba a todo aquel que se le pusiera en su camino. Adrian sonrió. Había contratado a los mejores en su trabajo para descubrir todo lo posible sobre ella. Era escurridiza, pero los rumores volaban y muchos de ellos no le habían hecho ninguna gracia a Adrian. Esta vez frunció el ceño, pero sacudió la cabeza, dejando esas cosas para pensarlas más tarde. Ahora debía concentrarse en la mujer que había invadido su casa, su habitación…y en ese momento su cuerpo, pensó él.

-Has tardado…demasiado, diría yo, pilluela- dijo él, observando con placer cómo ella saltaba del susto y se ponía en guardia, mirando hacia él, pero sin enfocar la mirada a causa de la oscuridad.
Dream se sobresaltó al escuchar esa voz…ronca, sexy…y amenazadora. Parecía que no iba a tener tanta suerte, y que no todo iba a ser tan fácil. Maldijo por lo bajo, pero levantó la barbilla. Ella no se iría sin luchar por lo que necesitaba. Su barco la necesitaba y sus hombres también. Además, Elisabeth confiaba en ella. Pero entonces le llegó su olor…Un olor que era una mezcla de cuerpo, mar y…hombre. Dream aspiró fuerte y dio un paso atrás cuando vio que él se acercaba lentamente hacia ella, con una sonrisa diabólica en sus labios.
-Esta vez no…- Adrian la agarró fuerte por la cintura y le sujetó las manos, anticipando que esta se iba a resistir. Como no podía ser de otra manera, Dream empezó a forcejear y a intentar darle patadas. La joven se desenvolvía muy bien para tener la mitad del tamaño de Adrian, pero este la tenía bien sujeta y estaba preparado para todo.
-Maldito hijo de p…
-Ten cuidado con esa lengua que tienes- Adrian la sujetó con más fuerza aún y la apretó contra la pared. Acercó su boca al cuello de Dream y aspiró su aroma- No vaya a ser que te la vaya a morder…- susurró con voz sexy. Dream ahogó un grito y le miró furiosa, preparada para contestarle con uno de sus mordaces comentarios, pero Adrian no le dio oportunidad, pues había capturado sus labios y con ellos, sus palabras hirientes. La sorpresa dejó paralizada a Dream, pero en cuanto se recuperó intentó morderle. Adrian se apartó antes de que eso ocurriera y sonrió divertido. Le capturó las muñecas con una de sus grandes manos y con la otra le apartó un mechón de pelo despeinado de la cara, para después acariciarle la mejilla. Dream apartó la cara y tomó aire. Tenía la respiración agitada y el pecho le subía y bajaba a un buen ritmo. Adrian continuó con las caricias y luego prosiguió acariciándola, pero esta vez con los labios. No le tomó la boca, sino que recorrió sus mejillas, su nariz, sus ojos, bajó a su cuello y le dio un ligero beso, haciendo que un escalofrío de placer le recorriera por completo. Rabiada se apoyó aún más contra la pared, aunque en su fuero interno deseaba que el siguiera, anhelaba que él volviera a tomar posesión de su boca. Como leyéndole los pensamientos, Adrian sonrió de medio lado y le giró la cara, para quedar sus miradas frente a frente- Esta vez no te vas a escapar, gatita…- dijo suavemente, y acarició con sus labios los de Dream, que abrió la boca por instinto, ansiando el roce de su lengua.


Adrian le sujetó la mejilla con la mano y profundizó el beso, jugueteando con la traviesa lengua de Dream. Ella parecía experimentada en eso de besar, cosa que le hizo fruncir el ceño y ser más agresivo a la hora de besar. Pero a Dream no le importó, porque cuando él se apartaba un milímetro, ella lo salvaba y le volvía a buscar los labios. Necesitaba ese beso, ahogarse en él, volverse completamente loca y… Adrian le soltó las muñecas y le rodeó la nuca con una mano, mientras que la que tenía en la mejilla de Dream la bajó suavemente por el torso de esta. Dream le echó los brazos al cuello y él la levantó como si no pesara nada. Ella le rodeó el torso con las piernas y siguió besándole, como si fuera lo único que importara en el mundo.
Adrian se sentó en la cama y siguió ahondando en la dulzura de la boca de la pirata. Sus manos recorrían las maravillosas curvas del cuerpo de esta y cuando llegaron a su redondeado trasero, creyó que moriría. Era perfecto. Su cuerpo estaba hecho para el disfrute de un hombre. No demasiado alta, pero atlética y con curvas. Estaba claro que los años que se había pasado caminando por los barcos habían endurecido cada músculo de su cuerpo, pero gracias a Dios conservando las curvas de mujer. Le quitó el chaleco, ansioso por ver su cuerpo, el cual prometía demasiado, y le levantó la camisa para dejarla al descubierto total. Dream tembló al sentir el frío en su torso pero Adrian pronto tomó un pecho con los labios y capturó un pezón con su lengua, la cual empezó a juguetear con él hasta ponerlo duro. Hizo lo mismo con el otro pecho y se levantó de la cama con ella encima, quedando ambos otra vez de pie.


Dream no podía pensar y solamente se dejaba llevar. Las sensaciones que Adrian le estaba haciendo sentir eran incomparables, pues nunca las había sentido con nadie. Ciertamente, nunca había permitido que nadie llegara tan lejos con ella, y ese pensamiento la sacó de ese estado de atolondramiento y empujó a Adrian, que cayó sentado en la enorme cama. Él la miró con intensidad, sabiendo el dilema que ella tenía en su interior. Dream se bajó la camisa y la agarró con fuerza, retorciéndola, nerviosa, indecisa. Ella no dejaba que nadie se le acercara más de lo necesario y, si cedía a la tentación, podía resultar escaldada, pero lo que los ojos oscuros como la noche de él prometían resultaba demasiado tentador como para poder resistirse. Nadie se enteraría, no se volverían a ver y podría atesorar ese momento de auténtica pasión para toda la vida. Dream tomó aire y dio un paso adelante, posó una rodilla en el mullido colchón, entre las piernas de Adrian y este sonrió, complacido. Dream se subió la camisa y se la sacó por encima de la cabeza, entonces se tumbó encima de él y buscó sus labios con timidez. Pronto Adrian volvió a tomar el control y profundizó el dulce beso que ella le había entregado voluntariamente. Recorrió su cuerpo con las manos y le agradó sentir cómo ella comenzaba a subirle la camisa, acto al que accedió encantado, sacándosela por la cabeza él también. Al ver su largo cuello expuesto a su boca, se lanzó contra él y se lo devoró lentamente, beso a beso, mordisco a mordisco. Los suaves gemidos de placer de Dream le animaban a seguir la exploración de sus manos con su boca…y así lo hizo.

Empezó a bajarle lentamente los pantalones que ella llevaba, besando cada trozo de piel que quedaba al descubierto. Cuando la había desnudado por completo, Dream hizo un gesto de timidez que le hizo sonreír y susurrarle que era hermosa. Comenzó a besarle los empeines y siguió subiendo por su pantorrilla hasta llegar a las rodillas, dónde la besó suavemente y pasó a mordisquearle la cara interior de ellas. Dream dio un respingo y Adrian volvió a hacerlo, una y otra vez, hasta que ella le mandó parar entre risas. Adrian besó el interior de su muslo izquierdo y cuando fue a besar el derecho vio una pequeña mancha con forma de corazón. Sonrió, se la besó y siguió subiendo por el interior de los muslos y, cuando posó su mano entre la mata de rizos oscuros, ella intentó apartarse, pero él se lo impidió. La acarició suavemente y notó cómo ella se quedaba sin respiración. O esa era su primera vez y los rumores de amantes eran totalmente falsos, o ella era una actriz consumada. Adrian prefirió pensar la primera opción y sonrió con satisfacción. Mientras seguía acariciándola con su mano, subió a buscar sus labios y a tranquilizarla con su lengua.

Dream no podía creerse lo que le estaba haciendo y cuando él introdujo uno d sus dedos en su interior creyó que moriría allí mismo de vergüenza…y placer. Ahogó un gritó contra el cuello del hombre y le mordió un hombro cuando él introdujo un segundo dedo y comenzó a moverlos dentro de ella. La oleada de placer que experimentó la recorrió de arriba abajo dejándola exhausta y completamente sorprendida. Abrió la boca para decir algo, pero sólo podía gemir y pedir clemencia. Pero él parecía no haber acabado y, con la sonrisa diabólica que le caracterizaba bajó de nuevo y le abrió un poco más los muslos. Dream cerró los ojos y tragó saliva, abrumada aún por las sensaciones, pero los abrió de repente y se incorporó sobre los codos cuando notó la boca de él en su sexo.

-¡Pero qué…! ¡Ohhh…! Yo…Dios…- las palabras le salían sueltas y no podía crear una frase coherente, así que se dejó caer sobre el colchón de plumas y agarró las sábanas con fuerza, gimiendo cada vez que él le succionaba el centro de su placer con la boca y lo rodeaba con la lengua. Intentaba contener los gemidos que amenazaban con salir de su boca, pero era una tarea casi imposible, Adrian seguía lamiendo el centro de su ser y cuando introdujo su lengua en ella, Dream casi se sintió explotar. Entonces Adrian se puso en pie y se quitó los pantalones rápidamente para volver a tumbarse encima de ella, esta vez cuerpo con cuerpo, carne contra carne.

Adrian no podía aguantar más, se había contenido porque había soñado con hacerle el amor de esa manera, hacer que llegara al orgasmo entre sus brazos, que experimentara esas sensaciones con él. Pero llevaba demasiado tiempo esperándola y los gemidos y gritos ahogados que habían salido de su boca habían incrementado la excitación de Adrian al máximo. Dream se sorprendió cuando sintió su miembro entre los muslos, pero no dijo nada, sino que le agarró por los hombros y le volvió a besar. Adrian empujó suavemente hasta derribar la barrera de su virginidad. Ella no protestó, ni gritó de dolor. Hizo una mueca y siguió besándole intensamente. Entonces Adrian comenzó a moverse lentamente, hasta que ella se acostumbró a su tamaño y luego incrementó el ritmo haciendo que ambos gimieran y gritaran de placer.

-Dream…Eres…- Adrian no pudo acabar la frase porque ella comenzó a gemir con más intensidad hasta soltar un grito de satisfacción, mientras que él gruñó de placer cuando por fin se corrió dentro de ella- Maravillosa. Absolutamente…- dijo con la respiración entrecortada mientras se giraba y se tumbaba de espaldas, atrayéndola hacia él-…maravillosa.

Dream se había quedado callada, saboreando todavía los últimos coletazos del tremendo placer que había experimentado en los brazos de aquel hombre. Una pena súbita la invadió cuando pensó en que nunca le volvería a ver, ni volvería a estar con él. Pero así era la vida. Ella era una pirata que necesitaba vengarse y él un conde que tendría a más de cien mujeres hermosas y adineradas, de buena familia y posición detrás de él. Si por un instante Dream se imaginara una vida junto a él…es que se había vuelto completamente loca. Y quería pensar que todavía estaba en sus cabales. Miró hacia la ventana y vio la luna brillar. Tomó aire, como siempre hacía cuando quería afrontar algo con valor y se dio la vuelta para ponerse encima de él, mientras le sonreía pícara.

-¿Lo ves? Ya te decía yo que eras una pilluela…- ella le besó y le sujetó los brazos con sus pequeñas manos- Pero una muy hermosa, por cierto- dijo sonriente, con la voz ronca por la pasión. Dream le soltó y las manos de él le recorrieron el trasero, la cintura…todo el cuerpo. Dream sintió su miembro duro en el trasero y se mordió la lengua, anticipando una noche decididamente activa.



Dream se despertó unas horas más tarde, envuelta en el calor del hombre. Se odió por desear más, quedarse con él hasta el amanecer…y más aún. Pero sacudió la cabeza y se escurrió de la cama. Vio las manchas de sangre en las sábanas y se tapó la boca con la mano. Dream no sabía por qué, pero se había guardado muy bien de no concederle su virginidad a un cualquiera. Y ahora ella cedía a la tentación con un conde que la echaría a patadas creyendo que era, además de ladrona, una puta. Las lágrimas acudieron a sus ojos. No sabía por qué quería llorar. La pérdida de la virginidad entre mujeres de su clase era más bien un alivio, para nada una deshonra. Entonces, ¿por qué ella se sentía tan desgraciada? Era como si se sintiera acongojada sólo por el hecho de que se había acostado con un hombre sin estar casada con él, y eso era totalmente ridículo. Sacudió la cabeza y se negó a pensar más en ello. Se vistió y recuperó la compostura y, justo cuando iba a salir del cuarto, una fuerte mano la agarró del antebrazo.

-¿A dónde crees que vas?- preguntó él, apartándole el pelo del hombro, con su voz ronca característica. Nunca se olvidaría de esa voz- No hemos terminado…
-Ha sido un error, ¿de acuerdo?- Dream le miró e intentó olvidar todo tipo de sentimiento- Yo sólo he venido a robarte. Y es mejor que cooperes- la voz le sonó más temblorosa de lo que ella hubiera preferido, pero para compensar levantó la barbilla orgullosa.
-¿Me estás amenazando?- Adrian casi quiso reír. Esa muchachita no dejaba de sorprenderle. Poseía unas agallas que ya quisieran muchos nobles, soldados y reyes. Sin embargo, decidió ponerse serio- ¿Sabes quién soy yo?
-No, pero seguro que tú me lo vas a decir…- dijo ella con voz algo parecido al desprecio. Adrian se sintió incómodo y molesto por su tono, así que se puso serio y a la defensiva.
-Soy Adrian González de la Torre, conde de Fuenclara- la miró y no vio ni una señal de reconocimiento, sorpresa o de intención de aprovecharse de esa revelación. La pequeña granuja sólo quería el dinero. Se dio la vuelta, contrariado y le espetó- Así que quieres dinero, ¿no es cierto? Supongo que es lo menos que te debo después de la noche que hemos tenido. Desde luego eres una de las mejores que he conocido- sus palabras eran fruto del resentimiento y de la furia del momento, pero no pudo evitar pronunciarlas…y arrepentirse de lo dicho casi al instante.


Dream se quedó paralizada al escuchar esas palabras. Le dolieron más que nunca y se sintió débil y desvalida. Tragó saliva y susurró un “maldito hijo de puta” para darse la vuelta y marcharse de allí. Ojalá no se cruzara nunca más en su vida con él. En otras circunstancias, no habría aceptado el dinero ni aunque fuera lo último que hiciera. Pero lo necesitaban y, aunque se sintiera una furcia toda su vida… era su responsabilidad cuidar de sus hombres. Así que infló el pecho, salió disparada de la habitación y corrió escaleras abajo hacia el sótano donde estaba el cofre. Lo cargó al hombro y se fue sin mirar atrás e intentando ignorar las lágrimas que amenazaban con rodar por sus mejillas.

Adrian observó la partida de la mujer por la ventana. Ya tenía todo lo que necesitaba saber. Una risa irónica escapó de sus labios al darse cuenta de la ironía del destino. Hacía veinte años, cuando él contaba con sólo diez, sus padres le habían prometido a una niñita de tres años. Tiempo después, los marqueses del Duero daban apesadumbrados la noticia de la desaparición de su pequeña niña. Desesperados, contrataron hombres, incluso él mismo la había buscado en las callejuelas de los pueblos y ciudades más cercanos. Pero no había habido ni rastro de ella. Incluso habían dado con el que la había secuestrado, que confesó haberlo hecho para pedir un rescate, pero que la había perdido por el camino. “Era una niña rebelde e inquieta. No pude con ella” lloraba el hombre, pidiendo clemencia. Los marqueses casi perdieron la esperanza de encontrar viva a la pequeña, por lo que, año y medio después de su desaparición, dejaron de buscarla. Adrian había crecido conociendo y disfrutando de hermosas mujeres, encantado con su posición y sus privilegios. Era conocido como un vividor y libertino y, sinceramente, no le molestaba demasiado. Pero, cuando años atrás, había visto huir a esa joven pilla de su mansión, cazándola con las manos en su comida… Cuando ella se había girado y le había visto mirándola, cuando el viento alborotó sus cabellos y ella abrió los ojos con sorpresa para luego entrecerrarlos con furia y sonreír con satisfacción por haber conseguido lo que quería…Él se había acordado de un retrato de la familia del Duero que había contemplado en una de sus muchas visitas a la mansión de estos. Además, la joven era muy parecida a Leonor, la marquesa. La sospecha le invadió y, esa noche, cuando la había contemplado de cerca y había visto la mancha en forma de corazón lo había confirmado totalmente. Leonor tenía una mancha exactamente igual en su muñeca. Ella le había confesado un día que su hija desaparecida debería tener una igual y a él no se le había olvidado.

Adrian había descubierto muchas cosas esa noche. Había encontrado a la heredera de los marqueses del Duero. Había descubierto la verdadera identidad de la pirata que le había robado tantas veces en su casa. Había encontrado a Arabella Echeverri, su prometida.
El conde se apoyó en el alféizar de su ventana y miró la noche. Nunca había tenido deseos de casarse, y cada vez que se imaginaba que su prometida podría volver a casa y casarse con él se le erizaban los pelos. Pero entonces conoció a Dream y sospechó de ella. Y llegó esa noche. Y podía reconocer que había sido la mejor de su vida. Adrian sonrió a la noche y rememoró su suave piel y sus curvas torturadoras. Esa mujer estaba hecha para ser amada. Para él. No iba a dejarla escapar, maldita sea. Adrian frunció el ceño y se prometió que ningún hombre le pondría un dedo encima a su mujer. Porque esa noche los dos habían sellado su destino. Un destino que les unía irrevocablemente para siempre. Adrian se relajó de nuevo y sonrió maliciosamente.
-Una pena que la pilluela no lo sepa…- se dio la vuelta y se puso el batín. Cuando tramaba algo, necesitaba el calor del fuego y un buen vaso de su mejor coñac.




Dream llegó al barco cansada, dolida y dolorida. Entró saludando con la cabeza ligeramente a unos hombres que montaban guardia, entró en el despacho y escondió el cofre bajo la mesa. A la mañana se lo explicaría todo a Beth. Ahora necesitaba dormir, pensar…y llorar tranquila.