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sábado, 9 de enero de 2010

Retorno al pasado


Cuando escuchó la respuesta de la otra capitana, Elizabeth casi se quedó sin respiración. Casi. Estaba demasiado enfadada y desconcertada por lo que aquella mujer acababa de hacer que no tenía tiempo de pensar en lo que ella misma había dicho. Ignorando a la mujer se giró y buscó a su alrededor algo que pudiera estar fuera de su sitio. Un tremendo olor a humedad parecía inundarle los pulmones. Ni siquiera el dulce olor de la colonia de su padre le daba la bienvenida ya… Ian tenía razón cuando le decía que algún día debía haber abierto las ventanas del camarote, pero algo se lo impedía. Por eso había prohibido la entrada a la habitación.

El armario de madera negra situado a la derecha de la enorme cama del centro seguía cerrado a cal y canto, al igual que la ventana cubierta que había a su lado, en la pared. La lámpara de aceite no alcanzaba a iluminar la otra zona de la habitación, donde debía continuar una especie de mesa que Alroy solía utilizar para prepararse antes de salir de su camarote. Otra cosa no, pero cuando su padre acudía a fiestas, era demasiado presumido. Aún recordaba la última vez que la había obligado a ir a una fiesta… También le obligó a ponerse uno de esos vestidos que pesaban toneladas. Impedían moverse con fluidez y apenas podías respirar. Los odiaba. Nunca más había vuelto a ponerse uno, y de no ser por las insistentes súplicas de su padre aquella noche, Elizabeth habría ido a la maldita fiesta a Edimburgo con sus pantalones negros y su camisa blanca holgada.

Bloody se había olvidado completamente de que Dream estaba detrás de ella. Cuando pareció tranquilizarse un poco, se giró hacia ella y la atravesó con la mirada.

—¿Puedes irte?
—Antes de hacerlo, quiero decirte que yo ocuparé uno de estos dos camarotes. O bien donde me dejaron antes o este mismo. Cual elija será decisión tuya, Bloody. Pero yo me quedaré con uno de los dos –comentó ella devolviéndole la mirada.
—Dijiste que dormirías con tus hombres… —susurró Beth rechinando los dientes.
—He cambiado de parecer –respondió la morena antes de girarse y dejarla sola con sus pensamientos.

Elizabeth cruzó la habitación y cerró la puerta bruscamente, pudiendo notar como protestaba la madera. Se apoyó en ella y cerró los ojos respirando el aire viciado profundamente. En otros tiempos, meses atrás, aquella habitación había estado llena de vida, con un característico olor a sal… El aroma de su padre ocupaba la habitación cuando él estaba vivo y no ese… Esa humedad. Abriendo los ojos y rogando el perdón a Alroy, el cual estaría mirándola desde alguna parte, caminó hasta la pared de enfrente y quitó la manta de la ventana permitiendo que la luz del sol entrara a raudales en el camarote.

Beth tuvo que cerrar los ojos y abrirlos lentamente mientras se acostumbraban a la luz. Paseó la mirada por la habitación percatándose de que quizás había dejado que el tiempo acabara con todo aquello de su padre. Tanto el suelo, como los muebles estaban llenos de polvo, pero nada deteriorados. Sus pulmones ya pedían un cambio de aires, así que, respirando por última vez que algún día atrás su padre también había aspirado, se giró y abrió la ventana permitiendo que el vicio fuese sustituido por una brisa marina. Dulce y salada a la vez. Un cambio que tanto Elizabeth como alguien escondido entre las nubes oscuras de su corazón también agradeció.

Con manos trémulas, agarró con fuerza el pomo de las puertas del armario y las abrió suavemente. Toda la ropa de su padre estaba allí y en esos momentos sí, en esos mismos instantes el olor del perfume de Alroy pareció envolverla y llevarla al pasado. Sintiendo abrazos, arrumacos, riñas, risas… Sintiendo el amor de su padre. Cosa que la venció. Ya no pudo soportar ni un minuto más las lágrimas. Se giró, y por segunda vez desde que su padre los había abandonado, cayó sobre la cama rompiendo en llanto.

Lo echaba tanto de menos y lo necesitaba tanto a su lado… Mirara donde mirase, su padre siempre estaba allí. Instruyéndole en las artes de la lucha, enseñándole todo lo que él sabía sobre navíos y maneras de manejar uno, aconsejándole sobre la vida, sobre el amor… Alroy McGurry era más que su padre. Era su amigo. Y en una misma noche los había perdido a ambos. Todo lo que tenía en el mundo… Todo lo que amaba con todo su corazón había desaparecido para siempre dejándola sola rodeada de personas que querían verla fracasar. Y especialmente, una persona, con nombre de mujer. Una mujer que no había acudido al entierro de su padre a pesar de las invitaciones y súplicas de algunos hombres de su barco, porque en lo que se trataba de Elizabeth no había abierto la boca para invitar a su madre a ningún lado.

En su última ceremonia Alroy McGurry debía estar acompañado de aquellos que lo querían y respetaban. No de una mujer que no había aportado nada más que sufrimiento a su vida.

Elizabeth se secó las lágrimas que insistían en salir de sus mejillas cuando sintió unos leves golpes en la puerta. Abrió un ojo y giró la cabeza hacia la misma.

—¡Fuera! –gritó hundiendo de nuevo la cara en el colchón de seda negra de la cama de su padre.

No quería ver ni oír a nadie. Sin embargo, fue la voz de Ian al otro lado de la puerta lo que hizo que se levantara y le permitiera pasar. El irlandés cubrió el hueco de la puerta con su enorme cuerpo y paseó la mirada por el camarote. Beth notó como sus músculos se tensaban. Alroy había sido más que un capitán o compañero. Había sido un hermano que lo había acogido cuando nadie daba un duro por él y le dolía tanto como a su hija ver dónde había muerto… En segundos, la mano del hombre apretaba con fuerza la de la chica que agradeció el contacto en silencio.

—¿Qué…? ¿Qué querías? –susurró con la vista clavada en la mesita de noche donde había varias fotos de su padre y ella.
—Nada. Una cosa sin importancia –mintió—. Elizabeth me alegro de que hayas decidido abrir la habitación, cariño… Es muy valiente por tu parte entrar aquí después de lo que has visto hará menos de un año. Sabía que eras valiente…
—Déjalo Ian. Nunca se te han dado bien las palabras –lo interrumpió tocándole el hombro con la mano libre—. Saldré en unos minutos. ¿Puedes hacerte cargo de todo arriba?
—Claro.
—Ian –lo llamó antes de que desapareciera de la habitación—. He metido la pata con Dream… Tratad como se merecen a esos hombres, por favor –rogó, recordando las palabras que le había dedicado a la capitana cuando la había encontrado allí—. Tratadlos como verdaderos compañeros.
—Sí, mi capitana –respondió el irlandés haciendo que Bloody sonriera de medio lado.

Ian se fue y con él, se llevó la única paz que podía haber en aquél lugar. Había tantos secretos, tantos misterios, tanta… Maldad en aquella habitación que le dolía. Le quemaba el cuerpo estar allí, sin embargo no iba a permitir que alguien o algo del más allá la alejara de su padre. Se acercó a la mesa que utilizaban de tocador y sacándose su propia camisa por los hombros, limpió la madera y el enorme espejo que se alzaba sobre ella. Su reflejo la impactó. Tenía los ojos casi tan rojos como su cabello, que caía desmelenado sobre sus hombros. La blanca enagua tapaba todo aquello que muchos hombres habían deseado tocar… Aquello que había heredado de una madre a la que odiaba con todo su alma y a la que algún día le haría pagar todo el daño que había hecho a su familia –su padre y la tripulación de La Perla-.

En el espejo también se veía la ropa colocada de Alroy. Elizabeth no pudo contenerse y caminó hasta ella agarrando una camisa carmesí con fuerza, el color preferido de su padre. Hundió su rostro en ella y aspiró el olor del perfume dulce de su padre, que aún continuaba en ella. Y sin poderlo evitar, se la puso con suma delicadeza. La abotonó con dedos temblorosos y con cuidado acabó por doblar las mangas hasta los codos ya que le quedaba un poco grande, por no decir demasiado. De reojo, vio uno de los muchos sombreros que utilizaba su padre. Lo cogió del fondo del armario y lo colocó sobre su cabeza volteándose hacia el espejo para comprobar una cosa.

Lo que temía. Faltaba algo.

Volvió de nuevo al armario y rebuscó hasta la saciedad los pañuelos de su padre. Cuando encontró el que con esa camisa, casi corrió hasta el espejo, dejó el sombrero sobre la mesa y se colocó el pañuelo alrededor de su coronilla, permitiendo que su melena cayera por debajo del mismo hasta sus hombros… Y más abajo. Con un ágil movimiento se colocó el sombrero de nuevo en la cabeza y le dedicó una amplia sonrisa a su reflejo.

Ya lo tenía decidido.

Ese era su lugar. Siempre lo había sido. Con su padre.

Dream podía quedarse con su propio camarote. Y antes de salir para pedirle disculpas, abrió uno de los cajones de la mesa y allí donde se suponía que iba a estar un pequeño bote de perfume, lo aplicó en sus muñecas y detrás de las orejas. Lo dejó todo como estaba. Lo único que dejó abierto fue una de las contras de la ventana.

Tras unos minutos observando el cambio que iba sufriendo el camarote, se giró y salió de allí en busca de Dream. Tenía que pedirle disculpas y dejarle claro que podía ocupar su camarote. Cuando llegó a cubierta y sus hombres la vieron con el sombrero y la camisa de su padre, se quedaron petrificados en sus puestos y, el primero en aplaudir y felicitarla, sorprendentemente había sido Naghi. Seguido al instante de todos los demás. Elizabeth les agradeció el apoyo con una sonrisa sincera y miró hacia el timón donde estaba Ian y Dream. Tragó saliva antes de encarar las escaleras que la llevarían a pedirle disculpas a su… ¿Compañera? ¿Enemiga? Dejaría que eso lo eligiera ella. A Elizabeth le daba exactamente lo mismo. Ella era Bloody. No una niña que llorara por tener la amistad de otra persona, y menos, de alguien que metía las narices donde nadie la llamaba.