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sábado, 16 de enero de 2010

Andadas

Beth cerró los libros de contabilidad del barco y lo guardó en uno de los cajones de la robusta mesa de escritorio del despacho. Durante esos dos días habían tenido varios altercados en el barco, el más importante entre Noghi y uno de los hombres de Dream, habían perdido varios víveres, habían gastado demasiadas reservas… Lo único que había encontrado bueno en todo aquello, había sido el cambio de camarotes. Todas sus cosas estaban ya en la habitación de su padre y Dream dormía en el que antiguamente había sido el suyo.

Entre ellas las cosas seguían tirantes, pero avanzaban en pequeños pasos. Esperaba que las cosas siguieran como hasta ahora, o incluso mejor.

Se levantó de la silla, y miró durante un rato el sombrero que pretendía ponerse. Durante esos días no había apeado el sombrero y no tenía intención de hacerlo. Sabía que los que la conocían en aquél maldito país iban a reconocerla con o sin él, así que ¿por qué iba a dejarlo en el barco? Nada de eso. Saldría con él.

Y así hizo. Cuando llegó a cubierta, ordenó a Naghi que se quedara con varios hombres en el barco. Ian había salido. La mayoría de ellos habían escapado antes de que la capitana saliera. Habían hecho bien. Pero en cuanto los viera por la ciudad los mandaría de regreso al navío. No iba a permitir que mientras sus hombres lo pasaban bien en brazos de alguna ramera, su barco sufriera algún ataque.

—Que cinco de los hombres de Dream se queden también a bordo –ordenó mientras se acercaba a la escalerilla para bajar a tierra firme—. ¡No quiero protestas! –gritó cuando escuchó las maldiciones de todos los hombres. Incluidos los de Dream, que no la consideraban una persona que debiera darles órdenes.



El sol brillaba bien en lo alto, haciendo que las calles de Oporto estuvieran casi vacías a medida que se perdía en la ciudad. Las más cercanas al puerto estaban abarrotadas, pero las del interior… Bueno, esas estaban como siempre. Llenas de borrachos que salían de las tabernas a última hora, personas cuchicheando, vendedores ambulantes y mercenarios deseando encontrar a la persona adecuada y sacarle algo provechoso.

Elizabeth esquivó a uno de ellos cuando éste corría en busca de algo muy valioso, al parecer. Apretó la empuñadura de su claymore con fuerza mientras emprendía de nuevo la búsqueda de la maldita tienda de comida. Sólo había estado allí una vez y había servido para, lo primero destrozar su barco, y lo segundo, conocer la ciudad casi como la palma de la mano.

No tardó en encontrar el callejón, donde al final, estaba la tienducha más barata de la ciudad. Que era precisamente lo que ellos necesitaban. Comida y bebida. Siempre que estuviera todo en buenas condiciones, lo mejor sería buscar lo más barato. Simple lógica. Entró en el establecimiento sin saludar al vendedor que pareció ponerse histérico cuando la vio. Revolvió por debajo del mostrador buscando algo y cuando pareció encontrarlo, suspiró de alivio. La escopeta. Sabía que el hombre estaba buscándola. Vamos, ni que ella fuera una pirata… sólo corsaria. En ese país no conocían bien los significados de las palabras.

Se acercó al mostrador de madera, viejo y roñoso examinando con atención todo lo que tenía a su alrededor.

—Necesito comida, ron y whisky –dijo. El hombre abrió los ojos y asintió, pero ni siquiera se movió—. ¿No me has entendido? –Se inclinó sobre la barra acercándose amenazadoramente a él—. ¿O no me has escuchado?
—Yo… de… debería… ir… irse, Bloody –tartamudeó el viejo.
—¿Qué? –La escocesa echó atrás su cabeza y rió con ganas. ¿Acaso sabía con quién estaba tratando? Oh, claro que lo sabía. La había llamado por su apodo—. Vamos, soy una vieja amiga. No querrás enfurecerme, ¿no, viejo José?
—No… yo… yo…

El hombre ahogó una exclamación cuando la puerta sonó abrirse de golpe y tres hombres más grandes que unos armarios entraron en la tienda.

Elizabeth se giró rápidamente poniéndose alerta en el momento que vio sus rostros. Le eran conocidos y no parecían ser muy amigos a juzgar por sus muecas de asco. Uno de ellos, sonrió. ¿Se alegraba de verla? Oh, ella también a ellos. No como José, que temblaba a sus espaldas.

—Buen día –dijo la pelirroja quitándose el sombrero y lanzándolo a encima del mostrador.
—Buen día para nosotros porque lo que es para ti, perra escocesa lo dudo mucho.

El primer hombre, se tiró a por ella llevándose un buen cachombazo en los morros cuando intentó agarrarla. Elizabeth consiguió dejarlo unos momentos con la cabeza dándole vueltas, pero los otros dos no tardaron en lanzarse a por ella. Eran tres contra una. Sabía que estaba en clara desventaja y no sabía por qué demonios la estaban atacando, pero no iba a dejar que le tocaran un maldito pelo. Agarró con fuera el claymore desenvainándolo rápidamente. Una mano potente y fuerte la agarró del brazo, partiéndoselo cuando ella resistió el agarre e intenta zafarse de él. Gritó de dolor. Sentía sus huesos partidos a la mitad, pero no podía rendirse. ¡Por todos los diablos! Por una vez no había hecho nada. ¡Al menos en esos momentos!

Uno de los otros, el negro, le dio un fuerte puñetazo en el estómago que la hizo doblarse por la mitad mientras el que faltaba la agarraba por el cuello y la obligaba a mirarlo. La mano libre de Bloody, voló hasta el bulto del pantalón del que la tenía cogida por el cuello y lo apretó con fuerza, clavando las uñas en él. Permitiendo que el hombre cantara en do mayor.

—Maldita zorra –exclamó el hombre alzando la mano e intentando cruzarle la cara, porque el apretón de ella en sus zonas bajas hizo que dejara la mano caer hacia el repentino agarre de la mujer.
—¿Quiénes sois? –logró preguntar ante la falta de aire en sus pulmones y el dolor de su brazo.
—Unos viejos amigos –repuso el que le había dado el puñetazo, repitiendo las palabras anteriores de la mujer—. Y vas a venirte con…
—¡No! –gritó alzando una pierna con la misera intención de demostrarle que no iba a dar un paso para ir con ellos—. ¡Cerdos! ¡Soltadme! ¡No sabéis…!

Un golpe en la cabeza hizo que la mujer cayera en un profundo sueño. Los hombres rieron cuando su cabeza cayó hacia delante y pudieron pasar las manos por las pronunciadas curvas de su cuerpo para cargarla sobre el hombro de uno.

—Menudos pulmones que tiene –gruñó uno de ellos.
—Y unos cojones de oro –comentó el que la llevaba sobre la espalda.
—¡Callaros! –exclamó el más perjudicado—. Creo que no podré follar en todo el día. Me las pagará. Espero que Phil nos recompense por esto –Los otros dos hombres asintieron y salieron de la tienda, dejando al primero solo con el hombre—. Más te vale que no corras la voz por la ciudad –lo amenazó—. Sabes quién es Phil, sabes quién soy yo. Una palabra, José, y puedes ir despidiéndote de esa zorrita a la que llamas hija.

Tras esas palabras, el pirata salió de la tienda y se perdió en la ciudad, encontrándose con sus compañeros y la mujer inconsciente minutos después. Phil se alegraría de ver a esa escocesa de nuevo entre sus garras. ¡Oh, claro que sí! Y quizás, hasta le dejaría probarla. Cómo le gustaban las perras que se ponían duras de aquella manera.