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sábado, 23 de enero de 2010

La Proposición

—Mierda, mierda… Espero que… —murmuró Elizabeth haciendo a un lado unas cajas que tenía encima de ella. Cajas de ron. Malditos hombres… Una de las botellas había rasgado su pantalón y su carne. Cuando se levantó un pinchazo en la cabeza la hizo agarrarse a lo que quedaba de pie. Buscó a su compañera con la mirada—. ¿Dónde estás, Dream? –siseó apretando los dientes al sentir otro pinchazo—. Maldición…
—¿Bloody?

A los oídos de la escocesa llegó un pequeño susurro, perteneciente a una voz femenina. Era Dream, desde alguna parte. Bloody frunció el ceño y con cuidado empezó a quitar madera de encima de donde supuestamente estaba la otra capitana. Después de varios minutos, las piernas de la mujer aparecieron en escena. Después, se oyeron maldiciones, gritos, protestas… Insultos. Bloody no pudo reprimir una carcajada al ver el estado de la mujer.
Dream por su parte, se limitó a dedicarle un ronco gruñido.
Tras unos minutos de intercambio de opiniones sobre quién había tenido la culpa, por qué se había roto el eje del carro… Las dos se giraron hacia el camino que se extendía delante suya hacia la ciudad. No les quedaban más de tres kilómetros, pero a esas horas serían un blanco fácil para un nuevo ataque. En caso de que Phil decidiera ir a “verlas” esa noche, no tendrían mayor refugio que el bosque. Y claramente, volverían a estar en desventaja. Así que, unánimemente ambas decidieron coger la caja de ron que aún quedaba entera y buscar un lugar donde pasar la noche.
Cuando amaneciera podrían continuar el camino a pie hasta la maldita ciudad.
Después de media hora larga, ambas se dejaron caer al suelo. La caja de ron estaba entre ellas y la luna iluminaba el claro del bosque que habían escogido, como única fuente de luz.

—¿Te apetece dar un trago? –preguntó la pelirroja clavando los codos en el suelo frío e incorporándose para contemplar a Dream, que respiraba agitadamente con los ojos cerrados. Sí. Ella también estaba cansada. Recorrer medio bosque cargando con esa maldita caja…—. En fin, no hay nada mejor que hacer.
—Está bien.

La otra se levantó como si tuviera un muelle en la espalda y se puso de rodillas al lado de la caja, sacando una botella de ron de la misma. La abrió con los dientes y tras darle un trago, se la ofreció a Bloody que la miraba con una ceja alzada.

—No necesitarás un vasito para beberlo, ¿no?
—No –gruñó Elizabeth a modo de respuesta acercándose a la mujer. Se debatió durante unos segundos, interiormente, y al final cogió otra botella. Se encogió de hombros ante la mirada acusatoria de su amiga—. ¿Qué pasa? Ni que fuese a faltar ron –protestó la escocesa sentándose al lado de la caja y apoyando un codo en la misma.
—Tienes razón.

Ambas cerraron la boca y siguieron dándole tragos al whisky. Sin hablar, sin mirarse. Elizabeth se dio cuenta de que no sólo la paz unía a dos personas. Esa noche, tanto Dream como ella habían decidido unirse en una lucha. ¿Cómo habían sido capaces de dejar el orgullo a un lado? La supervivencia. Dream los había seguido únicamente para salvarle la vida. Y ella tenía que darle las gracias por eso. Ella, desde luego, habría hecho lo mismo, pero… Dios, era todo tan complicado. Tan difícil decir una palabra. Gruñó empinando la botella para pegarle otro largo trago.
Maldito orgullo…
Dream por su lado, se sentía satisfecha. Un poco contrariada, eso sí. No pensaba que la gran Bloody fuera a darle las gracias de aquella manera, pero la muy perra lo había hecho y se había dado cuenta de que lo decía desde el corazón. El único defecto de Bloody –o virtud, según se viera—, era la expresividad de sus ojos azules.

—¿Eres española? –preguntó Beth de repente, sacándola de sus pensamientos.
—¿Perdón?

Dream se giró hacia ella con la ceja alzada.

—Coño, que si eres española. ¿Estás sorda? –gruñó la pelirroja frunciendo el ceño.
—No te había oído. Estaba pensando en mis cosas…
—Eso no te lo he… Perdona –retrocedió la escocesa encogiéndose de hombros a modo de disculpa. A veces se le olvidaba que Dream no era uno más de sus hombres. Era otra capitana. Su invitada.
—No te preocupes. Sí, soy española –La misma Dream se sorprendió por ser tan comprensiva. ¿Qué puñetas estaba pasando allí, entre ambas? Seguramente fuese el ron. Debía estar pasado. Arrugó la frente alzando la mirada para su compañera de… “Habitación” por esa noche—. ¿Por qué?
—Yo también –respondió B encogiéndose de hombros.
—¿Cómo?

Dream abrió los ojos desmesuradamente. No podía ser española… Es decir, joder, era pelirroja, tenía acento escocés. No era española. Negó rotundamente con la cabeza para dejarle ver su disconformidad con sus palabras.

—Qué coño vas a ser española…
—Bueno, mujer. Si tú sabes más que yo de mi propia vida, pues me alegro. No necesitarás que te cuente nada pues –explotó volviendo a su posición inicial: de espaldas a ella, apoyada contra la caja del alcohol con la vista clavada en alguna parte del oscuro bosque.
—No te enfades tanto, Bloody. Para ser una capitana eres bastante irascible –gruñó la otra.
—Oh, fíjate quién va a hablar…
—¿Vas a contarme eso de tu españolidad?
—No.
—¡Venga! –exclamó después de varios minutos debatiéndose. El ron, definitivamente, hacía estragos. Elizabeth se giró hacia ella y empezó a contarle la historia.

Su madre, una noble española, residente Asturias la había abandonado en brazos de su padre cuando ella se enteró de lo que era su padre, a lo que se dedicaba. No quería estar toda su vida surcando los mares, al contrario que Alroy. No era un pirata, se apresuró a aclarar Bloody, sino comerciante pagado por su nuevo país. De ahí venía su descencia española. No podía contar mucho más sobre su madre. Tampoco quería hablar demasiado de ella, ya que dolía. Le hacía daño recordar todo aquello que su padre le había contado un día, entre otras cosas, porque de esa manera la imagen de Alroy la perseguía hasta hacer que sus ojos se bañaran de lágrimas, que nunca llegó a derrarmar.
No delante de alguien. No delante de Dream.
Después de varias horas en las que su compañera le contó todo sobre su historia: desconocida. Dream le contó lo que había hecho desde que tenía uso de razón. A cada cosa peor que la anterior… Callejos, hambruna, robos… Y entonces, apareció Hugh. El gran Huhg. Dejó que la española le dijera cómo la había sacado de las calles y, cuando por fin, cerró la boca Elizabeth la miró a Dream a los ojos. Y como mujer sin pelos en la lengua que se consideraba… No se pudo contener:

—¿Hugh era tu amante?

Dream se puso tensa por la pregunta. Sabía que la gente hablaba. Sabía que había rumores sobre ellos. Pero nunca pensaba en ello por el impacto que pudiera tener sobre ella. Le dolía, sí, porque nunca había visto a Hugh con otros ojos que los de una alumna, una amiga, una hija...y él la había tratado como tal. Dream apretó los dientes y miró con ira a Bloody.

—¿No tienes otra cosa que hacer que preguntarte lo que yo hacía con Hugh? —preguntó intentando aparentar indiferencia.

Elizabeth se mordió la lengua para no soltarle el comentario hiriente que la quemaba por dentro. Y todo por verla dolida. Porque se le notaba a leguas que algo importante había sido ese hombre para ella. Pero ¿cómo qué? ¿Cómo había sido su padre… O Ramsey? El leve recuerdo del hombre, la hizo fruncir el ceño más de la cuenta y darle un trago largo a la botella. Malditos fueran todos los hombres…

—Fue mi salvador –dijo entonces Dream al ver la cara de su compañera—. El que me enseñó a luchar por una vida. El que me dio personas a las que querer. Él fue el centro de mi mundo...Mi capitán, mi camarada, mi amigo...mi padre.
—Dream…
—Déjalo –pidió negando con la cabeza ante la mano estirada de Bloody. Agradecía su compasión, pero no la quería. No la necesitaba. Ni de ella ni de nadie.

De todas formas, la demoníaca e importúnente capitana de la Perla se levantó de su sitio y caminó hasta ella para dejarse caer a su lado. A pesar de las protestas de la española, Elizabeth le pasó un brazo por los hombros y la acercó a su cuerpo. Tras varios minutos en silencio absoluto, Bloody empezó a cantar una canción que le recordaba a su infancia con su padre. Cuánto lo echaba de menos…
Cuando la canción acabó, ambas estaban llorando. Como si fueran dos niñas pequeñas llorando porque les hubiesen quitado un puñetero caramelo.
Elizabeth tragó saliva y alzó los ojos al cielo. Dream la acompañó. Las dos tosieron a la vez y sonrieron de medio lado. Se secaron las lágrimas y se fulminaron con la mirada. Volvían a ser las mismas.

—Ni una palabra –dijeron al unísono.

Después, estallaron en carcajadas brindando con el ron.
A altas horas de la madrugada, ambas se quedaron traspuestas. Dream murmuró algo inteligible por los oídos de Bloody y ambas, con una sonrisa en los labios, supieron al instante que no eran tan diferentes como aparentaban ser. No eran tan rivales como todos querían hacerles creer. Indudablemente, desde esa noche estarían más unidas de lo que nunca hubiese imaginado.



A las doce de la mañana, después de pasarse tres horas caminando las dos capitanas llegaron a la Perla. Ian, Noghi, Cortés… Y la mayoría de los hombres de las dos estaban buscándolas por el puerto. No habían hablado desde que se despertaron. Ambas tenían un dolor de cabeza horrible. Habían acabado con la caja entera de ron, ¿en qué narices habían estado pensando? ¡Sabiendo lo que tenían que caminar! Dios, menos mal que un cervatillo las había despertado, de lo contrario se hubiesen pasado durmiendo la gran parte del día.
Cuando subieron al barco, los hombres de Dream corrieron a darle una afectuosa bienvenida. Sin embargo, los de Bloody se detuvieron al ver su gesto: negación. La capitana se perdió por las escaleras. Necesitaba la seguridad de su despacho, al menos, para pensar con claridad.
La noche anterior Dream le había dicho que lo que más deseaba en esos momentos era coger a Phil y matarlo. También había comentado algo sobre unos planos… “Estábamos a punto” había susurrado ella. ¿A punto de qué? ¿De pillarlo? ¿Qué planos? ¿Serían de navegaciones? ¿Sabrían ellos cuál era el escondite del cerdo? Oh, por el amor de Dios, ¿por qué todo tenía que ser tan complicado?
Elizabeth abrió la puerta haciendo que sonara contra la pared. Caminó hasta la silla de detrás del escritorio y se dejó caer en la misma, echando la cabeza para atrás y cerrando los ojos para poder pensar tranquilamente.
Varios minutos después, concretamente quince, lo tenía decidido.
Se levantó y cruzó la estancia en busca de Dream. Cuando salió de la habitación se encontró con Noghi de frente.

—¡Al fin se han ido esos salvajes! ¡Daniel, la habitación lib…!
—¿¡Qué!? –exclamó Elizabeth quitándolo de su camino de un empujón. No podía ser que se fueran. ¡Ahora no! No ahora que ya tenía decidido lo que iba a hacer con su barco—. ¡¡Dream!! –gritó subiendo las escaleras que la llevaba a la cubierta de cuatro en cuatro. “Date prisa, Elizabeth” le gritó su vocecita interior haciéndola ir más deprisa. Corrió hasta la borda y se agarró a la barra de madera para no caer de la misma-. ¡Quédate, española! ¡Comparte mi cargo en La Perla! ¡Te lo has ganado tanto como tus hombres! –gritó.